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Irit Rogoff sobre ‘el giro educacional en el arte’
22.6.09


De un tiempo a esta parte -dejémoslo en esos vagos términos- se vienen produciendo múltiples cruzamientos entre las esferas cultural y educativa, hasta el punto de que algunos/as han llegado a hablar de “un giro educacional en el arte“. Una parte importante de ese giro se habría producido desde las prácticas curatoriales e Irit Rogoff sea quizás una de las personas que más activa y visiblemente han contribuido a que así sea, especialmente a raíz de haber organizado SUMMIT non aligned initiatives in education culture en 2007. No deja tampoco de ser sintomático que los/as editores/as del flamante e-flux Journal publicasen un artículo de la propia Irit Rogoff sobre el asunto en su primer número, lanzado a finales del año pasado.

El artículo de Rogoff, titulado precisamente Turning, termina con una bastante apasionada defensa de la palabra ‘parrhesia‘, un término común en la cultura greco-romana que Michel Foucault rescatara en una de sus lecturas en Berkeley. De acuerdo con Foucault, la parrhesia es “una actividad verbal en la que aquel que habla expresa su relación personal con la verdad, y arriesga su vida porque reconoce el explicar la verdad como un deber para mejorar o ayudar a otra gente (así como a si mismo). En la parrhesia, quien habla usa su libertad y elige la franqueza en lugar de la persuasión, la verdad en lugar de la falsedad o el silencio, el riesgo de morir en lugar de la vida y la seguridad, el criticismo en lugar de la adulación, y el deber moral en lugar del interés propio y la apatía moral“. Para Foucault, “la problematización de la verdad tiene dos vertientes, dos aspectos principales… Uno es aquel que concierne a asegurar que los procesos de razonamiento son correctos al asegurar que una proposición es verdadera. Y otro concierne a la cuestión: ¿cual es la importancia para el individuo y para la sociedad de contar la verdad, de saber la verdad, de contar con personas que cuentan la verdad, así como saber cómo reconocerlos?“.

En el último párrafo de su artículo Rogoff expone: “Cada vez más, pienso que “la educación” y “el giro educacional” deberían ser justo eso: el momento en el que atendemos a la producción y articulación de verdades -no la verdad como aquello correcto, como lo probable, como un hecho, sino la verdad como aquello que reúne a su alrededor subjetividades que no son recogidas ni reflejadas por otros actos de lenguaje.

Podría decirse que, en verdad, el artículo de Irit Rogoff pretende ser en si mismo un acto de parrhesia, pues lo que el texto cuestiona en primer lugar es la orientación de ese giro pedagógico. Dice Rogoff: “Al dar un ‘giro’ nos alejamos, nos acercamos o nos movemos alrededor de algo, y más bien somos nosotros quienes estamos en movimiento en lugar de ello. Algo se activa en nosotros, quizás incluso se ‘actualiza’, según nos movemos. De igual manera me tienta la idea de alejarme de las varias simulaciones de una estética de la pedagogía que han tenido lugar en tantos foros y plataformas a nuestro alrededor en años recientes, y centrarme en el genuino impulso de girar”.

De modo que Rogoff plantea una doble cuestión que concierne por un lado a la capacidad de las prácticas artísticas y curatoriales para capturar las dinámicas del giro, y por otro, al tipo de impulso que se da en ese proceso:

En primer lugar, esto requiere que rompamos de algún modo con la lógica según la cual, de los trabajos basados en el proceso y la experimentación resultan la reflexión, la impredecibilidad, la auto-organización y el pensamiento crítico que caracterizan el modo en que se entiende la educación dentro del mundo del arte. Muchos/as de nosotros/as hemos trabajado de manera bastante consecuente con esta concepción, y mientras que algunas de sus premisas han sido considerablemente productivas en buena parte de nuestro trabajo, éste no obstante, se ha prestado de manera demasiado fácil a la emulación de las instituciones de la educación artística, con sus archivos, bibliotecas y sus prácticas basadas en la investigación como principales estrategias representacionales. Por un lado, introducir estos principios en los lugares de exposición del arte contemporáneo marcaba un distanciamiento respecto a las estructuras objetuales, los mercados y la estética dominante, y una insistencia en la naturaleza procesual e irreductible de cualquier empresa creativa. Aunque por el otro lado, todo ha conducido de una manera demasiado fácil a la emergencia de una especie de “estética pedagógica” según la cual una mesa situada en el medio de la sala, unas cuantas estanterías vacías, un archivo creciente de trozos y piezas ensamblados, un aula o un escenario de lectura, o la promesa de una conversación nos han sustraído de la responsabilidad de repensar y dislocar diariamente esos lugares dominantes. Habiendo generado yo misma varios de estos modos, no estoy segura de querer prescindir totalmente de ellos, porque el impulso que hicieron manifiesto -la necesidad de forzar a estos espacios del arte a ser más activos, más críticos, menos endogámicos y más estimulantes- es un impulso en el que desearía seguir creyendo. En particular, desearía no abandonar la noción de “conversación”, la que, a mi entender, ha sido el cambio más significativo en el arte de la última década.

Consciente de que esas iniciativas corren el peligro de ser desligadas de su ímpetu original y solidificadas en un ‘estilo’ reconocible, Rogoff invoca al final de la discusión la noción foulcaultiana de ‘parrhesia‘ “-el discurso público, libre y flagrante– quizás como un modelo mejor a través del cual entender algún tipo de “giro educacional” en el arte”. Para Rogoff parece que “el ‘giro’ del que hablamos debe resultar no sólo en nuevos formatos, sino también en nuevas maneras de reconocer cuando se está diciendo algo importante“.

La propia autora reconoce en un pasaje del texto que es difícilmente imaginable una agenda más romántica e idealista que esta de la parrhesia, sin embargo argumenta que en su análisis, Foucault no nos dice en ningún momento qué verdad, ni a qué fines estaría orientada. “La verdad, parece ser, no es una posición, sino un impulso“, termina Rogoff. Estas consideraciones no nos impiden pensar que el discurso crítico, sincero, público y sujeto al deber moral de la autora, funcione a otro nivel como un instrumento para desmarcarse de una serie de prácticas cuya proliferación y normalización las ha desvirtuado a ojos de la esfera artística, y con las que ella es asociada de manera casi automática.

Aún así, como hemos dejado entrever, Rogoff no se queda en la mera denuncia de estos procesos de ‘neutralización’ de unas prácticas que pudieron tener en algún momento un carácter revulsivo o crítico, y plantea algunas ideas interesantes para fundamentar “una educación que es más“, entendiendo ese “llegar a ser más” que Rogoff parafrasea a Roger Buergel, como “la posibilidad de centrar nuestras energías en aquello que puede ser imaginado y no sólo en aquello a lo que debemos oponernos, o al menos que desempeñe algún tipo de negociación sobre este punto.

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