Segunda crónica desde Cluj-Napoca: Malas hierbas

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Las miradas sobre los espacios urbanos en desuso suelen dividirse en dos clases: una mirada, habitualmente nostálgica, hacia un pasado más o menos esplendoroso, y una mirada que tan sólo se fija en las potencialidades futuras del lugar. Feroviarilor no es una excepción: atrapado entre estas dos líneas de fuga opuestas, el parque, en su estado actual, se ha vuelto invisible y parece haber sido olvidado por la ciudad; lo que allí acontece se torna despreciable, carente de valor. Pero en Feroviarilor suceden cosas, ahora. Son esas cosas las que nos interesan.

En primer lugar cabe señalar que el parque ha devenido, debido a su abandono por parte de las instituciones, un lugar desnormativizado, un espacio que ya no responde a las disposiciones y a los usos regulados de lo urbano. Por un lado, la naturaleza ha tomado al asalto el parque, desdibujando su trazado original hasta hacerlo desaparecer —tan sólo la avenida principal, su fuente y sus farolas y la pista de patinaje permanecen aún reconocibles— de modo que los senderos improvisados de desparraman por el parque siguiendo las trayectorias definidas por sus caminantes. La vegetación, liberada de las formas impuestas por el paisajista, impide el control y la vigilancia de grandes porciones del parque que es habitado por algunas personas sin techo; en él se dan encuentros sexuales furtivos; quizás la venta al menudeo de drogas; es transitado por jóvenes gitanos con actitud desafiante; algunos adolescentes parecen utilizar el parque como campo de juegos o más bien de aventuras, que incluyen a buen seguro las primeras actividades no autorizadas por los adultos; otras personas, por lo general mayores, simplemente pasean en solitario; otras más lo hacen en compañía de sus perros; la basura abunda en algunas zonas del parque y plantas y arbustos silvestres, malas hierbas, proliferan por todas partes.

Una pregunta nos asalta: ¿de qué manera prestar atención a todo esto que acontece? Con el tiempo de que disponemos, sería pretencioso intentar hacer un análisis en profundidad, más o menos etnográfico, de los distintos usos del parque. No obstante, algo despierta nuestra curiosidad: algunas personas recolectan frutas y hojas de diversos arbustos y plantas. Así nos interesamos por aquello que, tal vez al ser lo más evidente, pasa inadvertido, aquello que, como la famosa carta, no vemos porque está ahí, frente a nosotrxs: la vegetación, las malas hierbas que se diseminan en derredor, que constituyen un fondo indistinto sobre el que se despliega la actividad del parque.

quinoa

Preguntamos a Ruth Borgfjord, de AltArt, si puede ponernos en contacto con alguien que sepa de plantas, preferiblemente no un científico, sino alguien que tenga conocimiento de sus usos prácticos como medicina o alimento —no sólo de sus nombres y clasificaciones—un conocimiento popular, como el de las personas que acuden al parque a recoger las frutas del ciruelo mirobolano o las hojas del avellano. Tenemos suerte, Ruth nos presenta a su amigo Tudor Gomoiescu y con él vistamos Feroviarilor el domingo a mediodía. Tudor comenzó a interesarse por las plantas y sus propiedades gracias a sus abuelos, quienes le enseñaron de niño a reconocer unas pocas especies. En su compañía, el parque comienza a revelarse como un entorno distinto, deja de aparentar ser un baldío cuando empezamos a diferenciar numerosas plantas de entre la masa de vegetación aparentemente homogénea: rosales silvestres, achicorias, ajenjos, varios tipos de llantén, centinodia, milenrama, salvia, chirivía, quinoa, hierba de San Benito… Casi todas ellas tienen alguna propiedad beneficiosa para las personas: sus hojas, raíces, flores o frutos son comestibles o con ellos se pueden hacer infusiones o cataplasmas que curan o alivian algún tipo de dolencia.

Deleuze citaba a Henry Miller: «La hierba sólo se da en medio de los grandes espacios no cultivados. Rellena los vacíos, crece entre – en medio de las otras cosas. La flor es hermosa, la berza útil, la adormidera vuelve loco. Pero la hierba, la hierba es el desbordamiento, toda una lección de moral.» Siguiendo a Deleuze podemos decir que, a diferencia de los árboles, con sus copas y raíces y sus puntos de arborescencia, la mala hierba destruye las dualidades, las desborda, es hierba y camino al mismo tiempo, crece entre – en medio de las otras cosas. En Feroviarilor, la hierba crece por doquier, desborda cualquier espacio planificado, segregado y especializado, haciendo indistinguibles los lugares de paseo y de descanso, de contemplación y de esparcimiento. Así mismo, como la hierba, las personas y grupos que hoy en día frecuentan el parque desbordan esos mismos usos planificados. Algunos de ellos son socialmente considerados como sujetos abyectos, se trata en verdad de personas en condiciones de gran vulnerabilidad en muchos casos; casi con seguridad no constituyen un sujeto político revolucionario, pero tal vez sí nos ofrezcan una pequeña lección moral.

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