Jornada de trabajo con el equipo del Departamento de Mediación Comunitaria de la FMC

Tras varias semanas de convivencia y visitas a los distintos centros de la Fundación Museos de la Ciudad de Quito (FMC) durante las que pudimos conocer de cerca y de primera mano la labor de lxs mediadorxs del Departamento de Mediación Comunitaria, el 17 de julio nos juntamos con el equipo al completo, compuesto por Andrés Basantes, Alejandro Cevallos, Valeria Galarza, Daniel Geerken, Carlos Hidalgo, José Manosalvas, Pablo Ortiz, Juan Francisco Segovia, Andrés Rueda, Tián Sánchez y Pau Vega, con la intención de compartir una jornada de trabajo y reflexión que, finalmente y tras darle algunas vueltas, decidimos conjuntamente dedicarla a pensar sobre los límites de la mediación comunitaria desde las instituciones culturales.

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Recordemos que Mediación Comunitaria es un departamento que trabaja de manera transversal en los cinco museos que componen la Fundación, en los que desarrolla tres líneas de acción principales: arquitectura y diseño participativos, educación e investigación y el programa de agricultura urbana ¡A la huerta! A propósito de la visita de Alejandro Cevallos y Valeria Galarza a Tabakalera en Donostia, los amigos de Transductores publicaron hace unos meses este artículo sobre el proyecto del Departamento de Mediación Comunitaria que bien podría servir como introducción a esta crónica.

A pesar de que las comparaciones siempre resultan odiosas, nos parece necesario destacar —y es algo que no nos cansamos de repetir en Quito— que en el estado español existen muy pocos proyectos de mediación comunitaria en museos con la solidez institucional, la amplitud de miras y los recursos —materiales y humanos— de que dispone el Departamento de Mediación Comunitaria de la FMC. De hecho, tal vez la lista pueda reducirse al proyecto de Mediación Comunitaria-Hezkuntza de Tabakalera. Nos parece importante destacar además la valía profesional del equipo de mediadorxs, no ya sólo por sus conocimientos —que también— sino por su práctica fundamentada en una concepción compleja, crítica y emancipadora de la cultura y sus vínculos con lo social. Esta consideración nos lleva a subrayar aquello que tantas veces recalcan Javier Rodrigo y otros: y es que el predominio institucional, académico y económico anglosajón sumado a una mirada eurocéntrica de la que cuesta mucho desprendernos, hace invisibles prácticas y discursos que se producen en las “periferias” y que muy bien nos vendrían para transformar y renovar nuestra propia esfera cultural y sus instituciones. Sin embargo, no todo es perfecto, ni mucho menos: como señalan los propios miembros del equipo, la experiencia de Mediación Comunitaria de la FMC no deja de ser un proyecto excepcional en el contexto ecuatoriano y aunque aparentemente las instituciones que forman la FMC disponen más recursos para invertir en comunidad y educación que otras, y a pesar de que laboralmente lxs compañerxs de Quito estén menos precarizadxs que en España, se mantiene la diferencia inequitativa entre los recursos destinados a curadoría frente a los destinados a educación-comunidad. Dichos recursos siguen estando supeditados a la voluntad del coordinador de museo de turno y a la capacidad de convencer y seducir que el Departamento de Mediación Comunitaria sea capaz de desplegar en cada momento, por lo que sigue sin haber una política ni una institución estable que soporte su labor.

Podemos entender la labor del Departamento de Mediación Comunitaria como una serie de prácticas de creación, producción colectiva de conocimiento y organización estrechamente ligadas al territorio y a las comunidades que lo habitan. La institución cultural se inscribe ahí como un nodo más en la red de relaciones que articulan estas prácticas, no desde una horizontalidad ilusoria, sino de un modo que problematiza las relaciones de poder que se establecen en el territorio entre los distintos agentes sociales y sus saberes. Un ejemplo de esto bien podría ser la participación de Mediación Comunitaria en el contexto del Mercado de San Roque y su colaboración con la Escuela Intercultural vinculada al propio mercado.

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Como decíamos en otra parte, el mercado de San Roque es un espacio atravesado por grandes tensiones políticas, culturales y económicas y fricciones entre diversos grupos de interés (si tenéis curiosidad por saber más sobre el tema podéis ver el breve documental publicado recientemente por el propio equipo de Mediación Comunitaria). En un contexto como este podemos preguntarnos: ¿Cómo funcionan ahí las prácticas culturales?¿De qué manera se relacionan con las prácticas, las formas de organización, las representaciones y los intereses, en ocasiones contrapuestos, de grupos diversos?

Pero yendo a lo concreto ¿cual es la labor de Mediación Comunitaria en este contexto? Podríamos decir que consiste en construir conocimiento en torno al mercado de San Roque y su contexto —que va de la escala barrial a la global— en colaboración con los propios agentes del mercado y tomando en cuenta e incorporando sus saberes. Una muestra de esto podría ser el proyecto de investigación y talleres participativos desarrollado en 2013, el propio documental que enlazábamos anteriormente o el trabajo con la Escuela Intercultural del mercado para la creación de un calendario agrofestivo basado en saberes ancestrales andinos y vinculado al cultivo de la huerta.

calendario_agrofestivo

Desde una perspectiva política, el trabajo del Departamento de Mediación Comunitaria no puede ser considerado neutral puesto que, de un modo u otro, contribuye a un proceso de construcción colectiva de herramientas y dispositivos conceptuales y sensibles (relatos, narrativas, cartografías, representaciones, discursos, modos de relación, prácticas y rituales…) que, en última instancia, conlleva una toma de poder por parte de aquellos colectivos y comunidades con los que colabora.

Frente a esta noción de construir colectivamente la cultura, encontramos el propósito, ampliamente extendido en la esfera institucional, de acercar la cultura a contextos como el del Mercado de San Roque —a barrios empobrecidos, grupos subalternos, personas en riesgo de exclusión social, etc.—; podemos entender que esta idea es profundamente inhabilitante en tanto que niega los conocimientos y la propia cultura de quienes habitan esos territorios y al mismo tiempo puede ser utilizada como una estrategia pacificadora en escenarios de conflicto social. El Departamento de Mediación Comunitaria establece entre sus objetivos «Poner en diálogo, de manera crítica, los contenidos, agendas y programas de los museos con territorios y contextos sociales específicos»; pero no sólo eso, ya que al mismo tiempo se propone «Implementar procedimientos y canales de participación e incidencia social sobre los modelos y espacios de gestión de los museos». Si el diálogo entre las instituciones culturales y los contextos sociales debe ser transformador, ha de serlo en las dos direcciones, de lo contrario volveríamos a caer en una suerte de asistencialismo que mantendría intacto y sin mácula el funcionamiento de las propias instituciones culturales —algo que, huelga decirlo, queda implícito en aquellos programas organizados sobre la idea de acercar la cultura a—.

En este punto encontramos uno de los nudos del entramado social, institucional y político en el que se sitúa el Departamento de Mediación Comunitaria porque, al tiempo que se inscribe en las estructuras y el funcionamiento de la institución museo, trabaja en favor de su radical transformación. La labor del departamento y sus trabajadorxs ha de responder, en uno u otro sentido, a las demandas de la institución por un lado y a las de los colectivos y comunidades con las que colabora, por otro. Salta a la vista que esta posición no es en absoluto cómoda, ya que quienes la ocupan se ven sometidxs a menudo a las fricciones, fuerzas de presión y tensiones que ejercen los distintos agentes que, de forma directa o indirecta, operan en este campo. Se trata además de una posición muy precaria y vulnerable, ya que el poder del departamento —y de este tipo de iniciativas, en general— suele ser muy limitado dentro de la arquitectura institucional. Todo esto condiciona, claro está, la propia toma de posiciones del equipo de mediación comunitaria en casos y situaciones concretas de trabajo: ¿hasta dónde se está dispuestx a empujar los límites de la institución?¿qué consecuencias se está dispuestx a asumir cuando se tensan o se rompen los límites de la institución?¿son viables estrategias que permitan ampliar o traspasar esos límites de manera que pasen inadvertidos a la propia institución?¿qué margen de diálogo y negociación existe entre lxs mediadorxs y la institución?

En algún momento durante la conversación, uno de los miembros del equipo advirtió que, en realidad, el proyecto de Mediación Cultural gozaba de un alto grado de autonomía respecto al funcionamiento de la FMC y que, a ojos de otras personas funcionaba en cierto modo como «una institución dentro de la institución». Esta imagen casi accidental nos parece, por un lado, bastante sugerente: ¿podemos generar prácticas instituyentes dentro de las propias instituciones culturales hegemónicas y que al mismo tiempo conserven un grado suficiente de autonomía?¿En qué medida pueden transformar estas prácticas la propia institución?¿Podemos ser el octavo pasajero? (Nah! esta última pregunta no va en serio). Sin embargo, por otro lado resulta un tanto triste como nos apuntaba el propio equipo de mediadorxs, ya que podemos entender que las grandes instituciones culturales conceden espacios y permiten la existencia de departamentos críticos que trabajan con las comunidades y con proyectos de educación crítica, etc. y les permiten existir porque así se proveen de un maquillaje cool-radical, mientras sus programas y equipos más conservadores avanzan en otra dirección sin permearse. Hablar de una institución dentro de otra institución equivaldría a reconocer el fracaso en el proyecto de transformar la institución cultural y la impotencia frente a la flexibilidad y el doble discurso que algunas instituciones culturales han aprendido para poder sobrevivir.

Precisamente en relación con este último punto, el Departamento de Mediación Comunitaria ha pasando por un momento de ‘crisis existencial’, en el que sólo el reconocimiento de las alianzas con otros departamentos de los museos, la solidaridad y la simpatía de sus equipos, le ha devuelto la energía que le permite imaginar una mayor apertura de las fisuras dentro de la institución, o si más no, el dejar huellas que hagan difícil un retroceso. El desafío es pues, instituir prácticas frente a las voluntades políticas de turno.

Aunque nosotrxs no trabajemos dentro de una institución —formando parte de la misma, como es el caso del Departamento de Mediación Comunitaria de la FMC— sí hemos trabajado en y con instituciones en diversos proyectos. Salvando las distancias, muchas de las circunstancias, dificultades y satisfacciones que lxs compañerxs de Quito describían nos resultaban de algún modo “familiares”. La sesión de trabajo continuó con alegría, esforzándonos en rehuir la queja y el lamento estériles, señalando las dificultades y oportunidades, brechas y posibles vías de acción.

Nos llevamos de Quito un montón de aprendizajes y una experiencia personal muy gratificante. Aprovechamos este texto para agradecer públicamente al equipo de Mediación Comunitaria su enorme generosidad. Esperamos poder seguir al corriente de sus quehaceres y que, precisamente las instituciones, no frustren un proyecto que para muchxs es ya una referencia.

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