Memoria barrial y cultura comunitaria en la quebrada Ortega

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25 de julio. Nos movemos lentamente por la Avenida Mariscal Sucre subidos al enorme Volvo 850 familiar de Anapau. El tráfico es especialmente denso a esta hora en el sur de la ciudad. Llegaremos con más de media hora de retraso. En la quebrada Ortega nos espera un nutrido grupo de representantes vecinales de Quitumbe. Al llegar pedimos mil disculpas por el retraso. Muy amablemente no nos lo tendrán en cuenta.

El encuentro lo hemos coordinado previamente con Fabián Melo y Sandra López y tiene como propósito compartir los procesos de trabajo del proyecto Bellvitge rol en vivo por nuestra parte y que nos explicasen qué iniciativas deseaban impulsar en la el barrio de Quitumbe, a fin de pensar juntxs cómo podrían desarrollarse.

Hablar de Bellvitge rol en vivo en este contexto era pertinente puesto que una de las preocupaciones del grupo era precisamente la memoria barrial. Así pues, después de explicar en qué consiste Bellvitge rol en vivo y de qué manera habíamos abordado la cuestión de la memoria en este proyecto, se produjo un interesante debate en el que se analizamos y discutiemos algunas de las problemáticas que atravesarían cualquier desarrollo futuro de un trabajo sobre la memoria en Quitumbe y la quebrada Ortega.

Aunque el propósito del encuentro no era, claro está, entrar a construir un relato historiográfico del barrio, inevitablemente aparecieron algunos datos que era necesario tener en cuenta: sobre todo cabe destacar que el barrio es muy joven, con tan sólo 23 años de historia.

Pronto apareció una cuestión que desde el colectivo se consideró necesario contemplar: el modo en que se relaciona la memoria individual con la memoria colectiva. Se señaló que las historias de vida de lxs vecinxs coincidían en un momento histórico: cuando compran el lote de terreno y entran a formar parte de la cooperativa Alianza Solidaridad. La experiencia individual y colectiva de construir el hábitat, en gran medida de forma literal mediante numerosas mingas a lo largo de los años, ha forjado de algún modo el ethos de lxs vecinxs —lo que alguien denominó como una cierta forma de espiritualidad—. El cooperativismo emerge en el relato como una herramienta que permitió a lxs vecinxs ser agentes de su propia realidad desde una posición crítica e incluso contestataria frente a determinados factores “externos”.

Como decíamos en la anterior crónica, uno de estos factores que enfrentaron lxs vecinxs fue precisamente la tendencia mayoritaria a cubrir las quebradas. La decisión de recuperar la quebrada como espacio natural iba en contra de lo que dictaban el sentido común y los usos de aquel momento y supuso un genuino ejercicio de pensamiento divergente que hizo posible construir un hábitat que se relaciona de manera armónica con el territorio en lugar de imponerse sobre este.

Algo que nos pareció especialmente destacable es que todos estos procesos pueden entenderse en clave pedagógica, en tanto que acarrearon un gran número de aprendizajes significativos para la comunidad. De todos ellos quizás el más importante surge de la pregunta por cómo queremos vivir. Esta pregunta es la que impulsó el uso de herramientas de autogestión y la creación de espacios de producción de conocimiento como puedan ser las propias mingas.

Todo este bagaje es parte del patrimonio de la quebrada, de su memoria y su cultura, y de algún modo acabó vinculándose durante la conversación al proyecto de un Centro de Desarrollo Comunitario. En la puesta en marcha de este centro —que por el momento no es más que una idea— se quería otorgar un papel protagonista a lxs jóvenes, como relevo generacional de los movimientos vecinales en la quebrada. En esta dirección el colectivo Danzarte, formado por jóvenes del barrio que practican bailes tradicionales, era señalado como un agente protagonista. En este punto quisimos señalar que no podemos limitar nuestra noción de  cultura únicamente al conjunto de las disciplinas artísticas más o menos reconocidas como tales, y que las prácticas cotidianas y los modos de relación también constituyen el acerbo cultural de una comunidad. En este sentido también se alertó de cómo las tecnologías de la información y la comunicación, usadas masivamente por los jóvenes, estaban poniendo en riesgo el tejido social y las prácticas culturales de la quebrada. Ante esta observación compartimos nuestras dudas: por un lado nos parecía inoperante negar una serie de tecnologías y prácticas que forman una parte ya inseparable de los estilos de vida de lxs jóvenes, y por otro nos parecía arriesgado omitir el potencial de dichas tecnologías como herramientas de comunicación y organización.

Jóvenes del colectivo Danzarte en unos momentos previos a su actuación.

Jóvenes del colectivo Danzarte en unos momentos previos a su actuación.

La creación de un Centro de Desarrollo Comunitario dio pie, por otro lado, a pensar en las políticas públicas: La tradición autogestionaria de la quebrada parecía entrar en conflicto con las políticas estatales, que se veían como una forma de control sobre las comunidades; entre otros motivos porque el estado se arrogaba la producción del Buen Vivir: es el estado quien da el Buen Vivir y quien define qué es o no el Buen Vivir.

El Centro de Desarrollo Comunitario era visto como una necesidad en el proceso de desarrollo del hábitat y de construcción y aprendizaje de la cooperativa, en el que podrían abrirse nuevos espacios de diálogo y convivencia, educación popular y proyectos de comunicación situados como por ejemplo un periódico digital.

En un momento de la conversación Fabián Melo habló de la necesidad de un «cambio civilizatorio» que supusiera una ruptura con las formas establecidas de relación con el hábitat. Aquí nos pareció relevante señalar cómo la tradición cooperativista de la quebrada podía aplicarse a formas de economía solidaria y consumo responsable más allá de la vivienda.

Por último se habló del modo en que debía darse la posible implicación de expertxs y profesionales en cualquier proyecto de creación colectiva. Aquí, el recuerdo del papel de los arquitectos en el diseño de las viviendas de la quebrada sirvió de ejemplo para abordar la cuestión. Este punto resultó especialmente relevante dada la implicación del equipo de mediación comunitaria de la Fundación Museos de la Ciudad (FMC), y más concretamente de Carlos Hidalgo, responsable del área de urbanismo participativo, en esta iniciativa vecinal.

Claro que también hubo momentos para el esparcimiento con la actuación del colectivo Danzarte y para recuperar fuerzas con una contundente colada morada cortesía de lxs vecinxs de Quitumbe.

Esperamos mantener el contacto con lxs compañerxs de Quito para seguir al tanto de la evolución de la quebrada Ortega. Por el momento sabemos que el próximo 21 de octubre se inaugura la exposición Ruta quebradas en el Yaku Parque – museo del agua de Quito, que recoge la investigación impulsada desde el Departamento de Mediación de la FMC y que podéis consultar en el blog del proyecto: http://labquebradas.blogspot.com.es.

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