Claire Bishop la lía parda

Claire Bishop sonríe despreocupada

He mezclado ácido clorhídrico con nitrato sulfúrico…“. Foto: Stéphanie Delcroix

A finales del año pasado (como puede verse, seguimos comentando la actualidad al minuto) tuvo lugar en la New York Public Library la “cumbre” Revolutions in Public Practice, organizada por Creative Time. Claire Bishop publicó entonces en Artforum esta polémica crónica del evento ya que levantó un reguero de comentarios, entre los que se contaron los de algunos de los propios participantes en el evento. Revolutions in Public Practice se presentaba como una especie de Pecha kucha maratoniano durante el que un ecléctico y numeroso grupo de “artistas, curadores, críticos, académicos, anarquistas (sic) y activistas” ofrecieron una serie de “concisas presentaciones” sobre su trabajo. El término “public practice” sirvió para amalgamar al abigarrado grupo de conferenciantes que, según el texto de presentación del proyecto, tienen en común un acercamiento a la práctica artística que “no intenta reflejar, sino actuar sobre momentos de cambio histórico, rompiendo las tradicionales barreras entre arte, cultura y política“; en definitiva, la que se supone es la última hornada de lo que Suzanne Lacy -quien también intervino en la cumbre- denominó “arte público de nuevo género”.

Bishop concluye su artículo diciendo que durante la cumbre no se hizo nada para problematizar las “prácticas públicas” como una dirección válida en el arte contemporáneo, y que se asumió como un hecho incuestionable que “el arte como disciplina puede y debe ser reclutado” en la lucha por la “justicia social“. Lo que Bishop echó definitivamente en falta durante la cumbre es una “ponderación de las competencias específicamente artísticas que pueden ser empleadas hacia estos fines” (el subrayado es nuestro).

En febrero de 2006 Bishop publicó (también en Artforum) un texto mucho más extenso sobre esta cuestión. Titulado The social turn: collaboration and its discontents, el artículo (que está disponible de manera gratuita, aunque hay que registrarse en el sitio web de Artforum) venía a decir que los defensores del “arte colaborativo” o “socialmente comprometido” fundamentan su juicio acerca de los proyectos artísticos exclusivamente en la cuestión ética; de este modo, proyectos como los realizados por el colectivo Oda Projesi (por citar el ejemplo utilizado por Bishop) son valorados en tanto que representan un “buen modelo” de colaboración y no por sus cualidades estéticas. Lo que se valora, según Bishop, es la ‘renuncia’ del colectivo Oda Projesi a la maestría y el egocentrismo que caracteriza la práctica de aquellos artistas cuyo trabajo no emerge de un proceso consensual y de colaboración con otros agentes y no las cualidades artísticas de sus proyectos.

El razonamiento de Bishop es aparentemente lógico, sin embargo tan sólo se sostiene si nos movemos dentro de los límites del campo artístico tal y como está establecido. En realidad podemos decir que, intencionadamente o no, los proyectos de arte colaborativo o como quieran llamarse, proponen e intentan poner en práctica modos de producción cultural que no pasan o, mejor dicho, que pasan parcialmente por los modos de producción, distribución y valoración propios del campo artístico (los de museos y galerías, comisarios y críticos de arte, etc.); y en ellos entran en juego otros agentes e instituciones que tampoco son exclusivamente los del arte, y que tienen objetivos y criterios de valoración distintos. Si entendemos que el artista es alguien cuya posición en el campo social le permite acceder a determinados recursos materiales y simbólicos, las diferencias entre los artistas podrían medirse en el modo en que unos y otros ponen a trabajar dichos recursos, engranándolos aquí y desuniéndolos allá de tal o cual ámbito de producción.

El “auto-sacrificio” “autoral” criticado por Bishop no es, o no debería ser, una acción moral, sino política, que persiga una redistribución de las posibilidades de construir y darse representaciones por parte de grupos de acción subalternos. No se trata en absoluto de “democratizar el acceso a la cultura”, ya que esa es una máxima propia de los grupos de acción dominantes y que da por sentado que ‘la cultura’ a la que debe acceder el resto es la suya, aquella que moldea y soporta las ‘estructuras de actitud y referencia’ (por hablar en los términos de Edward Said) que perpetúan el régimen que les ha colocado en la posición hegemónica que detentan.

Volviendo al asunto planteado por Claire Bishop, de existir aquí un dilema moral, sería el del artista que instrumentaliza a cualesquiera grupos o colectivos que se le pongan a tiro con el fin único de darse pátina socialmente comprometida dentro del campo del arte y teniendo tan sólo en mente su medro y su interés como profesional del arte. A decir verdad la cuestión moral tampoco debería importarnos aquí: que el artista se haya comportado como un desalmado utilizando al incauto grupo de inmigrantes africanos con el fin de ser seleccionado para tal o cual festival de arte público es irrelevante si, a efectos prácticos, la situación de dicho colectivo ha mejorado sustancialmente en algún aspecto; al fin y al cabo creer en la buena o mala voluntad de alguien es, en cierto sentido, un acto de fe. Una vez más el problema no es ético, no se trata del grado de pureza de la consciencia del artista, sino político; de nada sirve que tal o cual colectivo pueda beneficiarse de proyectos concretos si los artistas utilizan este hecho para afirmar y reproducir las formas de distinción social que se articulan a través del campo del arte.

En todo caso, Claire Bishop desarrolla su tesis de manera mucho más extensa y documentada, lo que hace bastante recomendable la lectura de sus artículos; si además queréis profundizar en las reacciones que suscitó en su momento no está mal leer la extensa carta abierta que el propio Grant Kester (uno de los más serios adalides teóricos del “arte comunitario” y citado por Bishop en su artículo The social turn: collaboration and its discontents) envió en su momento a Artforum; por otro lado, Randall Szott comenta sagazmente la trifulca dialéctica aquí y sobre todo aquí en su blog LeisureArts. Bishop vuelve sobre el tema en esta entrevista publicada pocos meses después del afamado artículo en el sitio web de la Community Arts Network, en la que relaciona su postura teórica con el hecho de vivir en el Reino Unido, donde las políticas laboristas de inclusión social a través de las artes, constitutyen, en opinión de Bishop, una especie de ‘forma blanda’ de erradicar el disenso.

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